LA AVENTURA MAS EXTRAÑA JAMAS VIVIDA (Donde se cuenta una de combóis)
Por: John Argerich
Los clubes masculinos ingleses tienen fama de exclusivos. “SOCIOS UNICAMENTE”, dice un cartel colocado a la entrada, con intención de desalentar a los curiosos. Y generalmente unos porteros con espesas patillas se encargan de disuadir amable pero enérgicamente a cualquier pesado.
-Buenas tardes, Sir William.
-¡Hola, Perkins!, ábreme la puerta.
-Yes, mylord.
Los portones se movían ceremoniosamente con ruido de cerrojos, y dentro del club reinaba el silencio. Paredes revestidas de madera, alfombras rojas y sobrios muebles victorianos. Desde aquellas, los retratos pintados al óleo de socios insignes, miraban señeros. La concurrencia leía el “Times”, deleitándose con un Chivas, cuando no dormitaba en los sillones, soñando con viejas glorias.
El recién llegado golpeó dos veces contra la pata del sofá.
-¿Su te, coronel? -corrió a ofrecerle un mayordomo.
-Son las cinco en punto, así que esa pregunta apenas merece una respuesta elemental.
-Sorry, Sir.
-Otra vez, usa mejor la cabezota, James.
-Yes, Sir.
Luego aparecieron los amigotes, y como en Londres hay que hacer algo para matar el tiempo, alguien dijo:
-Uno se aburre de tanta lluvia. Les propongo un entretenimiento.
-¡Dilo, hombre!
-Saldremos a recorrer el mundo cada uno por su lado, volviendo a encontrarnos aquí dentro de un año. Entonces los participantes relatarán sus experiencias, ganando el desafío quien cuente el relato más inverosímil.
-Pongamos un premio, para alentar el espíritu de aventura que nos dió un imperio -propuso Sir Jonathan Blake.
-¡Mil guineas de oro! -respondió Sir William Campbell.
El coronel Bradford asintió, levantando su vaso de whisky.
-¡Que gane el mejor! -dijo.
-Fair play! -contestaron los demás.
Días más tarde, cada uno de los participantes se hizo a la mar, seguido por un fiel sirviente. Y los días transcurren volando cuando se va en busca de aventuras. Sólo un año de plazo, contando el tiempo embarcados, apenas deja margen para regresar a Londres con alguna historia interesante.
-¡Hasta más vernos! –dijeron los corazones, al hundirse la gran ciudad bajos las brumas del Támesis.
-Le sirvo un whisky, mylord?
-Más bebida y menos charla, Wilson.
-Sorry, Sir.
Los contendientes se dirigieron hacia los destinos que su imaginación fue capaz de crear. Dispuestos a jugarse la vida si fuera preciso, por ganar esa apuesta. Como corresponde a una casta de caballeros dotados del más fino “pedigree”. Auténticos “gentlemen” que llevaban la grandeza del Imperio en el azul de sus miradas. Y el tiempo siguió su marcha irreversible, en busca del mañana. Así fue como, casi sin quererlo, de pronto había transcurrido doce meses desde aquella tarde memorable.
-La cita es a las 4 P.M, coronel.
-Jamás he olvidado un compromiso, así que esa observación está de más. ¡Tráeme el uniforme de gala sin perder más tiempo, Steve!
-Yes, Sir!
Los amigos llegaron exactamente a la hora convenida, como exigen las normas de buena educación. Ni un minuto antes, y, mucho menos, uno después. Se saludaron con un apretón de manos, sirviéndose te con “scons” y dulce de naranjas amargas. Por fin, el coronel Bradford se puso de pie.
-Bienvenidos a Londres -dijo- Espero que todos hayan tenido un feliz viaje y traigan memorias interesantes para compartir. Cumplido el plazo de la apuesta, cada uno debe relatar lo que haya visto de insólito. Luego habrá una votación, entregándose su premio al ganador. Mil guineas de oro, depositadas en el Barclays Bank.
Sir John Miles tomó la palabra. Había estado en Nepal, y allí pudo presenciar los portentos que logran las habilidades parapsicológicas de algunos elegidos.
-Un fakir huesudo, sentado sobre clavos, escuchaba atentamente una serie numérica compuesta por quince dígitos, y la transmitía mentalmente a Nueva York. Allí su mensaje era recibido por otro fakir, quien la despachaba por vía telegráfica de regreso a Nepal. Después se leía otra serie numérica, y así por un buen rato. ¡Probaron diez veces, y no hubo un sólo error!
-¡Qué interesante! -dijo el auditorio
Después se puso de pie el coronel Bradford, llevando en su pecho las condecoraciones ganadas tras veinte años de servir al Imperio en cien batallas.
-Yo estuve en las junglas amazónicas -dijo- y viví con una tribu de antropófagos. A poca dsitancia había un campamento ferroviario, cuyos moradores estaban empeñados en tender vías que llevaran caucho hacia el Atlántico.
-¡Ofenden a los dioses! -empezó a chillar, de pronto, un brujo.
Sonaron los tambores de guerra, y la tribu empezó a bailar frenéticamente, matizando el trance con alcohol. De pronto se hizo un silencio, oyéndose chillidos con que los salvajes imitaban a las aves de presa. Después se lanzaron al ataque, y no quedó un sólo obrero ferroviario con vida. Finalmente quemaron las instalaciones, e hicieron chorizos con los cadáveres. A lo que sobrevino una orgía gastronómica como nunca se vio otra igual. Mi sirviente y yo nos salvamos porque, siendo rubios y pecosos, no nos parecíamos a nada de lo que esos indios habían visto antes. Y luego de discutir el problema, llegaron a la conclusión de que debíamos ser enviados de los dioses. Pero lo difícil no fue tanto salvar el pellejo, sino declinar invitaciones.
-¿Un choricito, señor?
-No, gracias, soy vegetariano.
-¡Anímese, que ese capataz estaba riquísimo!
Al terminar el relato del coronel Bradford, la sala quedó en silencio, mientras los concurrentes susurraban comentarios nacidos del horror. Iban a estar muchas noches sin dormir luego de escuchar esa historia.
-¡Que barbaridad! -exclamó el más locuaz.
Por último tomó la palabra Sir William Campbell.
-Yo he viajado muchas veces por junglas y desiertos -dijo- y francamente, ya no siento curiosidad por las primitivez de sus habitantes, así que opté por irme a América, pues lo insólito puede hallarse en cualquier parte.
-¡Qué pensamiento tan profundo...! -reflexionaron dos señores.
-Entonces viajé a Southampton , embarcándome en un velero blanco rumbo al Oeste. Fueron dos semanas haciendo frente a las furias del mar, hasta que, de pronto, vimos tierra. Allí nos esperaba Nueva York, con su eterno trajín y sus multitudes hablando todos los idiomas del mundo.
-¡Cuenta lo que viste de insólito, pues la ansiedad nos carcome!
Mi sirviente retiró nuestros baúles de la aduana, y yo estaba subiendo al coche que nos aguardaba, cuando escuché que alguien me decía algo desde atrás. Sorprendido, di media vuelta para encararlo, y vi un caballero...
-¿Quieres repetir éso, Will?
-Of course. Estaba relatando que apenas llegado a América, vi un caballero...
Se hizo un silencio tenso, cargado de susurros y premoniciones. Hasta que, por fin, alguien expresó el sentimiento de todos.
-Has vivido una aventura extraña.
Pero en algunos corazones campeaban las ponzoñas del desaliento y de la envidia, al acecho de su presa.
-¡No sigas, carajo! –gritaron con rabia los otros rivales, perdiendo por un instante su flema británica.
-¿Por qué?
-Porque después de lo que has dicho, no hay para qué seguir alentando expectativas vanas...
-Recién empiezo mi relato...
-Los demás competidores no tienen chance, así que menos charla, cobra tu dinero, y a otra cosa…
Tras escuchar estas palabras, la concurrencia rompió el silencio con un largo aplauso.
“For he’s a jolly good fellow,
for he’s a jolly good fellow…”
-¡Ganaste la apuesta, Will!
THE END
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La serie quincenal “El Amasijo” se publica regularmente en una treintena de medios, de diez países.
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